Tradición oral

Escritura y poder


 

El término agrafía es actualmente empleado en antropología para etiquetar a todos aquellos grupos humanos que desconocen la escritura. Distinguirlo de analfabetismo es una labor compleja: por lo general, éste último se emplea para aquellos individuos que, aún viviendo en sociedades que dominan la escritura, carecen de formación para poder emplearla.

Por siglos, la mayor parte de la humanidad fue ágrafa, y en los pueblos con escritura, la mayor parte de la población era analfabeta. Los sistemas escritos, surgidos por motivos políticos y administrativos, eran manejados por minoritarias élites educadas, generalmente asociadas a los poderes (religiosos y/o políticos) de turno. Leer y escribir era a la vez un lujo y una bendición. Los escribas eran tenidos en alta estima, y su instrucción los dotaba de un considerable reconocimiento social y económico. La posesión de productos escritos –libros, códices, manuscritos– era otro lujo difícil de alcanzar por clases y grupos sociales de medianos o escasos recursos.

La visibilidad que proporciona la escritura a una civilización queda puesta de manifiesto si se la compara con la invisibilidad a la que quedan relegadas las sociedades ágrafas. Poco se conoce de la cultura intangible de las clases campesinas, de los grupos minoritarios, de mujeres y niños, de esclavos y enfermos, y de todos aquellos que, en distintos territorios y en distintas épocas, nunca escribieron; se sabe de ellos lo poco que puede inferirse a partir de sus restos materiales o del relato (escrito) de aquellos que pudieron (o quisieron) anotar algo. Tales grupos prácticamente no existen para la historia y la cultura, y sólo esfuerzos contemporáneos en el ámbito de las ciencias sociales están logrando rescatar fragmentos mínimos de esas realidades, tan valiosas como cualquier otra. Comenta Rada (1996: 26):

Las personas que no entraron en el mundo de lo letrado, esto es, que no registraron el conocimiento mediante el alfabeto, que no asumieron la nueva "mentalidad alfabética" como la llama el profesor Eric Havelock, fueron consideradas como un segmento atrasado de la humanidad. Las poblaciones indígenas de América del Norte o de Australia fueron consideradas como incivilizadas. Nuestras bibliotecas no recolectaron su conocimiento debido a que no estaba escrito. Como no estaba escrito no tenía valor: como no estaba en los libros no era confiable. De esa forma hemos perdido mucho del conocimiento acumulado de la mayoría de la humanidad.

Por otro lado, el discurso escrito –normalmente por las manos dominantes– refleja, ensalza y perpetúa la voz del vencedor, de aquel que puede anotar o imprimir su versión de los hechos, su opinión, sus matices y sus ideas. De esta manera, el silencio acentúa la invisibilidad de los dominados y los vencidos, y de aquellos que no tienen forma o espacio para hacer perdurar su realidad, su lucha y sus memorias.

La escritura conservó para la posteridad las tradiciones de un pequeño grupo de personas, sus eventos, sus orgullos y sus miedos. Lo hizo en las tabletas de arcilla mesopotámicas, en los códices de agave de los mayas y aztecas, en los rollos de seda chinos, en los bronces romanos, en los pergaminos europeos, en las piedras nórdicas y persas, en las maderas de Rapa Nui, en los quipus incaicos, en los cueros de Timbuktú y en los bambúes del sudeste asiático. Aquella parte –numéricamente importante– de la humanidad que no accedió a esta herramienta mantuvo vivo su acervo cultural y el recuerdo de sus actos mediante el empleo de recursos orales, inestables (aunque eficaces) canales de transmisión y comunicación basados en el correcto empleo de voces y memorias.


Bibliografía citada
  1. Rada, Juan F. (1996). "The metamorphosis of the word: libraries with a future". FID News Bulletin, 46 (12), pp. 26-29.

 


(c) Edgardo Civallero. Material distribuido a través de una licencia Creative Commons by-nc-nd, y sujeto a las convenciones habituales de cita de fuentes documentales.

© Edgardo Civallero | Creative Commons by-nc-nd