Recuerdos, ideas, recetas, historias, vacilaciones, pérdidas, trayectos, encuentros... Miles y miles de relatos exiguos atesorados en puñados de palabras, voces y sonidos que mantienen viva día tras día la memoria. Para que no caiga. Para que no sea olvidada.
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La tradición oral es un fenómeno rico y complejo, que se convirtió en el medio más utilizado -a lo largo de los siglos- para transferir saberes y experiencias. Sus múltiples definiciones coinciden en señalar que representa la suma del saber -codificado bajo forma oral- que una sociedad juzga esencial y que, por ende, retiene y reproduce a fin de facilitar la memorización, y a través de ella la difusión a las generaciones presentes y futuras. La información transmitida incluye conocimientos, usos y costumbres en temas tan diversos como historia, mitos y textos sagrados, técnicas, instituciones políticas, armonías musicales, ejercicios lingüísticos, códigos éticos y morales...

Este frágil milagro está formado por un heterogéneo conjunto de recuerdos y comprensiones del pasado entremezclados con vivencias del presente y expectativas de futuro (Moss, 1988). Nace y se desarrolla en el seno de la comunidad como una expresión espontánea que busca conservar y hacer perdurar identidades más allá del olvido y la desaparición de las sucesivas generaciones. Mantiene un vínculo íntimo con el grupo de personas que la produce y con su dinámica social, intelectual y espiritual: de hecho, se adapta de manera flexible a sus cambios, sus desarrollos y sus crisis, y se transmite en forma verbal y personal, lo cual permite el fortalecimiento de lazos sociales y estructuras comunitarias, el desarrollo de procesos de socialización y educación, el mantenimiento de espacios de (re)creación cultural y el uso correcto y esmerado de la lengua propia.

El desarrollo de la tradición oral es independiente de soportes y estructuras. Esta característica ausencia de estabilidad material la dota de una variabilidad constante y conflictiva, no exenta de problemas. Por el mero hecho de transmitirse de boca en boca y de generación en generación, se transforma lentamente, pierde contenidos, gana nuevos elementos a diario, e incluso se adapta a las necesidades del grupo, respondiendo a sus luchas y a las presiones culturales que sufra.

Es preciso subrayar que la tradición oral no se limita a su aspecto verbal: las palabras se relacionan profundamente con gestos y objetos con los cuales están intrínsecamente ligadas [1].

Esta modalidad de transmisión -vital, dinámica y riquísima en facetas- no se limitó a proporcionar cimientos y estructuras a la realidad intelectual de pueblos antiguos (y modernos) que no desarrollaron o adquirieron sistemas de escritura o que no pudieron acceder a programas de alfabetización. Se mantuvo también en el seno de grupos literatos, pues, como apunta Lilyan Kesteloot [2], “no hay rama de la actividad humana que no posea un corpus de tradiciones orales relacionadas con las fórmulas, las recetas y las experiencias del pasado”. En los grupos urbanos contemporáneos se desarrolló con fuerza entre aquellos sectores que no encontraron espacio en los textos escritos para expresar sus opiniones, a veces “carentes de importancia”, alternativas u opuestas a los discursos oficiales dominantes.

Así, un inmenso conjunto de voces invisibles y silenciosas, en el pasado y en el presente, en sociedades tradicionales o en el medio de las grandes ciudades, buscaron refugio en los dominios de la tradición oral.


Bibliografía citada
  1. Moss, W.W. (1988). "Oral history". En Stricklin, D.; Sharpless, R. (comp.) The past meets the present: essays on oral history. [Boston?]: University Press of America.

Notas

[1] Los Archivos Culturales de Senegal, debido a esta relación, manejan el concepto “forma de expresión cultural” para referirse a toda expresión (verbal o gestual) que pone en relación la palabra, el gesto y cualquier otro dato material relacionado con el proceso de expresión.

[2] En “Tradition orale et littérature”, p.1, multigr.

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